Voltereta

Hace tiempo leí una crítica que alguien hizo de Lola Flores cuando era joven. El tipo en cuestión la había visto en un tablao cualquiera y escribió en su periódico : “No sabe cantar, no sabe bailar, pero no se la pierdan”. Os digo esto porque a mí me ha venido a la mente lo contrario. Anoche cené en Voltereta, y mi critica sería…he cenado muy bien, el precio es increíble, el sitio es precioso, pero no os lo recomendaría nunca.
Empecemos por el principio. Mi chica va un día por la calle y pasa por delante, ve el interior y se enamora. Buscamos el teléfono por internet pero…sorpresa, no tiene. La única opción de reserva es a través de su web, y tienen las próximas dos semanas petadas. Como podéis imaginar, eso me puso muy palott (¿nuevo y ya tan lleno? esto tiene que molar), y tras varios intentos, reservamos para un viernes.

Total, llega el día, me planto en la puerta y veo una cristalera de puta madre que deja ver un árbol ahí puesto entre las mesas, con sus hojas y sus ramas y todo. La entrada parece una puerta como de hotel rural, y encima tiene escrito ahí bien grande “Bienvenido a casa”. “Oh, que hospitalarios”- pienso yo. Entonces entro, me acerco a un camarero (con pinganillo y walkie talkie, que eso es muy de casa) le digo que tengo una reserva y me dice que eso lo lleva otro compañero. Pasan unos segundos y se acerca otro camarero, le digo lo mismo y me contesta igual, que lo lleva otro compañero. El tercero nos sienta bajo el árbol. All right.

Una vez dentro veo que del árbol cuelgan lamparitas, y que el interior parece eso, una casa, o el patio de un cortijo o algo así, todo madera clara todo muy cálido. Es un poco el sitio donde Ashton Kutcher llevaría a Jennifer Aniston a reconciliarse por algo. La carta está encima de la mesa y es una revista como las de los aviones, como las que te ponen en el bolsillo del asiento de delante. Las dos primeras páginas son los platos, y las cincuenta restantes son fotos de sitios, entrevistas a gente y cosas así, y a mí me viene un flash.
Paro a una camarera con pinganillo y le digo…
– “Perdona, ¿esto tiene algo que ver con Saona?”
– “No, somos independientes del grupo Saona”
Vale, acabáramos, ya entiendo el rollo. Somos independientes quiere decir algo así como…es lo puto mismo pero el domicilio fiscal está en otro sitio, o el NIF varía en dos números o algo así.

Pedimos una tortilla de patata trufada, unos tacos, unos fideos udon y un poke ball de atún. De vinos elegimos un Avaniel de 12 pavetes porque pensé que Abanibí Avani-el quiere decir te quiero amor. Cuando el nombre de un vino os sirve para meter una canción, va a estar bueno siempre.

Llega la tortilla, y no es un pincho, es una tortilla entera en un plato. Al meterle el cuchillo veo que el centro está como líquido, como si fuera una espuma. Y escucha, aquello estaba der caraho, compadre. El sabor a trufa está muy presente, la textura es la hostia. También tiene trozos de patata y bueno, ningún pero. Sorbito de Abanibí y seguimos adelante.
Sacan los tacos, cada ración lleva dos, y me llamó la atención una cosa. Imagínate que tienes que ponerle un nombre geográfico a un taco con guacamole, pollo y lima, ¿qué nombre le pones? Yo hubiera tirado por México, pero curiosamente el taco se llama Nueva York, imagino que por el clásico guacamole neoyorkino (¿¿??). Pero vamos, que el Sydney lleva secreto y queso crema. Yo iría al extremo, y haría un taco, to loco, de tortilla paisana con pimientos y lo llamaría Nueva Delhi, o Narnia. Las tortillas son las de fajita de toda la vida. Están muy buenos también.

El tercer round llega con los fideos udon. Es parecido al ramen del Kuma, por ejemplo. Lleva trocitos de carne con cierto toque como ahumado, un huevo escalfado por encima y los fideos udon que son mucho más gruesos que los normales. Te lo sirven con palillos y las cucharas esas horribles tipo bidet. Sabor bien, rico para invierno, complicado de compartir.

Para acabar lo salado nos llega el poke ball de atún rojo. Es como un tartar de atún, con su aguacate y su atún marinado en soja y tal, pero sobre una base de arroz. Espectacular también. Los postres un poco más flojetes, tenían tres o cuatro pero bastante comunes. Pedimos la cheesecake de oreo porque era lo que más destacaba. Realmente sabe mucho a oreo. Me imagino que es picadillo de Oreo con queso crema y cantidades innobles de azúcar. A todo esto, entramos sobre las 9 y a las diez y cuarto estábamos cenados y con gente de pie en la puerta esperando nuestra mesa. Lo que viene siendo como en casa.

Bueno nano, pues traen la cuenta y 55,80 con botella de vino. Salimos a 14 putos pavos. Súper barato, relación calidad precio bárbara, y tú dirás ¿entonces por qué no lo recomiendas?

Tío, el sitio me pareció fake, completamente fake. Quieren recrear un ambiente casero que no existe. No me puedes vender que sois un sitio casero e ilusionante y que los camareros lleven walkie y la decoración sea cartón piedra de Port Aventura. Ese sitio es una casa igual que el Corte Inglés es una tienda de barrio y el Sabadell se preocupa por tus ahorros. Yo ceno mucho fuera nano, y veo cosas, y recuerdo como la primera vez que entré en L’ Ostería, me dieron la carta escrita a boli y en el Miso da igual qué camarero me indique la mesa porque todos sirven para todo.

La idea del blog es descubrir restaurantes particulares y en la medida de lo posible únicos. Para descubrir la Tagliatella o Lizarrán basta con pegarle una patada a una piedra. Este sitio tiene menos alma que cantarle saetas a un contenedor de vidrio, va a ser una cadena en menos de dos años, y por eso me cago por aspersión y no tiene okey. Deal with it.

Goza de amplio aparcamiento.

¿Qué dices, nano?