Picsa

Nano nano nano, la que nos metieron ayer.
Resulta que había mascletá nocturna y estábamos pululando por el centro, yo como siempre con más hambre que el que se puso a ver un programa de cocina a la una y media, y vemos un local así como nuevecito y azulejoso. El sitio se llama PICSA, y está donde estaba la tienda de bromas de detrás del Burger de la plaza del ayuntamiento, en la calle Moratín.
En el toldo pone PICSA, casa fundada en 2014, que ya piensas, ole tus huevos, ahí con solera, y el interior tiene un aspecto blanco y franquicioso. Tras informarme de que no era una franquicia (el camarero dijo que solo hay otro en Madrid), me siento y le echo un vistazo a la carta. La primera hoja va de entrantes a precios guay, en plan, cinco, seis euros, pero al pasar la hoja…¿que qué? Me cago en mi puta vida.

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Las pizzas valen 25 pavos, eso sí, amablemente te explican que son para dos personas. Pero nano, pero vamos a ver, ¿tú comprendes que puedes cobrar 26 pavos casi por una pizza? ¿besas a tu madre con esa boca? Pero bueno, no nos alarmemos, echémosle un vistazo a los ingredientes porque igual es que todas llevan trufa, langosta o buey de Kobe o…¡una mierda para ellos! Provolone, chorizo picante, piparras y olivas negras, ¡26,20 pavos! ¿Talkin´ to me?
Con un tic intermitente en el ojo, y pensando en llamar a Amnistía Internacional, al follonero o a Mercedes Milá, pedimos tres entrantes, de hecho cinco, pero no les quedaban dos. Al final una ensalada completa, un escabeche de berenjenas y vitel toné. La verdad es que estaban muy bien, raciones pequeñitas, todo bien hecho, eso sí, con saladitos en vez de pan, cosa que no mola porque te coartan la sucada.
La ensalada era de cogollitos de lechuga, bonito, tomate y remolacha, muy correcta. Las berenjenas tenían bastante rollo, no demasiado avinagradas, con un escabeche muy aromático y perejil fresco por encima. Textura cremosa, yo habría mojado pan hasta que transparentara el plato, pero tenía en la mano un triste saladito.
El vitel tone, para los que no lo sepan, es una carne tipo roast beef, cortada fina con una salsa de atún por encima, hay quien lo sirve con alcaparras, hay quien le pone parmesano, aquí lo servían parecido a una sepia con mayonesa, no obstante, también estaba rico.

2

Aparece el camarero con las pizzas. Secretamente tenía la ilusión de que las pizzas fueran como ruedas de tractor y lo de “para dos personas” fuera un eufemismo, pero no.
El tipo aparece con unas pizzas completamente normales, si me apuras, más pequeñas que las que sirven en alguna otra parte, pero muy gruesas, tipo pan pizza. ¿Qué está pasando aquí? ¡son para dos porque las hacéis muy gordas, cabrones, me estáis dando pan! ¡Ahora mismo hay 50 pavos de pizza encima de la mesa y es una puta hogaza de pan de pueblo partida por la mitad! ¡Con piparras!
La primera era la de chorizo picante que os he comentado antes, la segunda, entiendo que valiera lo que valía porque llevaba ingredientes mucho más sofisticados, CEBOLLA, QUESO, ROMERO Y ACEITUNAS. EL ROMERO CRECE EN LAS CUNETAS, MALDITA SEA.
Estaban hechas en horno de leña, y con masa e ingredientes caseros, lo que efectivamente le otorga un valor añadido, pero a mi modo de ver, esto ha sido la Púnica de las pizzas, la Gürtel de la cebolla y las piparras, no he visto precios tan inflados jamás. Grecia podría pagar la deuda con Alemania en pizzas de provolone, y le sobraría pasta.
De postre nos ofrecieron tres opciones fuera de carta, y escogimos la tarta de chocolate con dulce de leche. Nada reseñable, se quedó la mitad.

3

La cocina es buena, las pizzas originales y buenas también, pero no os animo a ir solos o en pareja, es un sitio al que hay que ir varios para que salga bien, porque lo de las pizzas gordas a 26 pavos ha marcado un antes y un después en mi impresionable alma.
101,10 pavetes, entre 7, a unos 15 por persona, porque afortunadamente no pedimos la pizza cara de 35 pavos que lleva paleta ibérica.
No sé qué darle, nano. Un okey si pasas por allí, y cuidadín. Mucho mejor el Mimmo, dónde va a parar.
Goza de amplio aparcamiento.

¿Qué dices, nano?