Pan comido

Carrer del Pintor Vila Prades, 6

Anoche hice un descubrimiento interesante. Gracias a Marta y a Mapi (que me debe un cocido desde que decir efectiviwonder era moderno) aterricé en Pan comido. La calle es una de las que llevan de Ángel Guimerá a Calixto III, y el local tiene dos puertas. Por dentro está decorado como muy colorido, con ramas pintadas por las paredes y almohadones de colores, todo bastante buenrollista. Al llegar, mis colegas estaban fumando fuera, y uno de los camareros salió a ver si quería que me sacara una birra, con lo cual, se ganó mi corazón, y si un día voy a la guerra, me llevaré una foto suya en un colgante de esos que se abren.

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La segunda sorpresa es que el sitio es casi vegetariano, pero también tiene una paginita de la carta con carnes y pescados, digamos que es un 70% vegetariano (con movidas veganas) y 30% carnívoro. Nos avisaron de que en septiembre  van a cambiar la carta, lo digo por si váis y no hay de algo. A todo esto, mientras esperábamos la comida, nos sacaron un plato con unos totopos y tapenade (que son nachos redondos de maíz con paté de oliva negra), y que estaban del puto rollo. Pedimos una ensalada picante de arroz con espárrago blanco y algas, y unas croquetas de boletus con avellanas para empezar.
La ensalada llevaba pipas por encima, y un esparragazo blanco en el centro. Las algas no eran wakame, eran de otro tipo con menos sabor, y luego llevaba arroz blanco y lechugas por abajo. El toque picante se lo daba un poco de salsita de chili dulce que llevaba a modo de aliño. Bien, correcta, ninguna locura, aunque reconozco que la combinación es original y me apetecía probarla. No regrets.
Las croquetas también eran originales. El punto de meterle avellana a algo tan manido como en principio es una croqueta de boletus (que ya huele a clásica) realza lo boscoso y campestre del asunto. Es como una croqueta que se haría David el gnomo. Punto para Pan comido.

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Precisamente el otro día comentaba que ya estoy un poco hasta el nabo del tartar de atún, porque también está más visto que  coger la guitarra en una fiesta y tocar Wonderwall. Pues aquí tienen tartar de lubina con tomate seco. ¿Qué me cuentas, tete? En principio es un tartar muy suave, no sabe a pescado. El sabor dominante es un cítrico, además viene muy mezclado con el aliño, y acompañado de una mayonesa de wasabi. Me pareció original.
Luego nos permitimos un huevete con patata trufada y boletus gigante. Simplemente el hecho de poner el setón ese partido por la mitad, ya le da un rollo más divertido al plato. Al final no deja de ser un huevo con setas y patata, pero oye, que si la trufita, que si el boletus, todo le da su gracia. Ah, y las sardinas ahumadas. Una sardina ahí como tomando el sol sobre un rodajote de tomate de esos que no te caben en el culo. Me motivó también.

Rematamos con un brownie de chocolate blanco, con helado de chocolate puro de ese amarguete por encima. Una pasada. Reconozco que cuando empecé con este blog no era muy de dulces, pero ahora con aquello de ir catando, les voy pillando el gusto, y ahora a las cinco de la mañana con tres cubatas, hasta le pediría el teléfono a alguno. Esponjoso, calentito, y el dulzor contrasta con el amargor. Otro punto para estos cabrones. Salimos a 70,50€ entre cuatro, a 17,6…tranquilamente.

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Ah, por cierto, al final salió el chef, con su chaqueta de chef y sus cosas de chef a preguntarnos qué tal la cena. Eso es algo que tiene un punto entre agradable e incómodo en plan…¿a que mi bebé es una monada? y tú sonríes y asientes con la boca chiquitica. Pero no, realmente es guay. De hecho, por pequeños detalles como las copas de vino a 1,70, los totopos del principio, la cerveza de fuera, y el ser vegetarianos, pero con una hoja para carnívoros…creo que es un tope de okey. Tengo la sensación de que si todo valiera un pavete menos, este sitio sería espectacular, pero va, que coño.

Goza de amplio aparcamiento.

¿Qué dices, nano?