Nori

No es fácil encontrar sitios molones un martes de julio. La gente emigra a las terrazas y el núcleo de la resistencia que nos quedamos en la ciudad tenemos que buscarnos la vida tirando de clásicos. Anoche unas amigas me propusieron un japonés en Historiador Diago, justo delante del Mey-Mey, y oye, mejor que estar por ahí robando.

En principio no pensaba hacer reseña, porque tío, es verano y los japos son bastante iguales entre ellos, pero ahí radica la maravillosidad del asunto, este tenía flow.
Se llama Nori, como el alga, y es uno de esos japos llevados por occidentales a los que les flipa ese tipo de cocina. A priori puede parecer caro, pero nada más lejos que La Coruña, ahora os cuento.
Una de las cosas molantes que tiene la carta son los donburis. Donburi por lo visto significa “bol de arroz” y tienen varios, que son un poco lo que llena y da consistencia a la cena. Por cierto, absteneos de pedirle a la camarera un Enrique Donbury. No le hace demasiada gracia.
Pedimos gyozas, un uramaki de salmón, dos donburis y unas croquetas de cangrejo para tres que éramos. Arrancamos con las gyozas, que son caseras (muerte a las congeladas). Traen 5 acompañadas de soja con aceite de sésamo, que le da un toque que te cagas vivo. Son de pollo, y la carne de dentro está hilosita y guay. Puede que sean las mejores que me he comido en Valencia, rollo las del Hikari, solo que después de cenar aquí tus hijos pueden ir a la universidad. Gyozas okey.
El uramaki es básicamente arroz envolviendo algo a modo de rulo, sin alga nori por fuera. Llevaba salsa picante, salmón y masago, que es una minihueva rollo caviar pero más proletaria. Creo que el picante era algo relacionado con el wasabi, realmente es un plato sin mucho misterio pero que casa muy bien. El salmón sabía a salmón, el picante daba un puntito, y el arroz como que lo amalgama todo. A mí es que el pescado picante me pone mucho. Ocho unidades.
Las croquetas de cangrejo son bastante líquidas por el centro, pero crujientitas por fuera. El interior es como una cremita bechamel con sabor a marisco y textura en plan Thermomix. A mí me convencieron. El gurruñito de salsa de encima no lo identifiqué.
Y entonces llega lo contundente, los domburis. Pedimos uno de ternera y un curry. El de ternera llevaba domburi tare y cebolleta, y no sé lo que es el donburi tare, pero debe llevar heroina o algo, porque está que lo flipas. El plato en sí no es más que un bol de arroz blanco, al que le tiran la salsa y la carne por encima. Entonces tú, ávido de emociones, lo remueves con la cuchara esa de palo que parece un zueco que te han sacado, y te lo comes como Pepe el de Master Chef. Larga vida al donburi de ternera. Pedíoslo.
El de curry es un curry dulce con manzana, patata, zanahoria, cebolla y pollo. También está bueno, pero es un poco más soso que el de ternera, y es un sabor que ya se puede probar en más sitios, no muy distinto a los del Tariq o el Namwan. Oye, de momento el sitio está molando bastante.
Como postre, la chica nos ofrece una mousse de yuzu con gelatina de gintonic. El yuzu es un cítrico chino, y el gintonic es una bebida que le da poderes a Massiel. No sé si la mousse terminaba de ser mousse, porque era bastante cremosa, pero ye, estaba de cojones también. Fresquito y con un puntito amargo por la tónica, entró con una facilidad pasmosa. El juego de texturas también le da un punto.
Nos habíamos pedido agua, cerveza y una copa de vino, pero por el tema del sushi, me veía venir un hachazo potente e inesperado, cuando de pronto…¡51 euros con 40!
17 pavos y pico por persona, eso entra frescamente en los parámetros, y siendo japonés además. Os lo recomiendo in flames.
Le voy a dar un okey que te cagas del sol naciente a estos domburitas, y lo nombro por el momento mi japo favorito. Por cierto, tienen un menú degustación de 30 pavos, aunque yo creo que mejor pedir de carta.
Goza de amplio aparcamiento.

¿Qué dices, nano?