Namwan Thai Food

Xics, el otro día descubrí un sitio que te cagas. Está entre las cenizas del Capitán Morgan y ese otro local que primero fue un videoclub, luego vendían seguros y ahora es tienda de ropa en la calle Serpis. El sitio en cuestión es un tailandés que no llama la atención desde fuera para nada. Seguramente si vives por la zona lo hayas ignorado cuarenta veces, pero el otro día, alguien me habló como muy emocionado de su pad thai y dije “coño, vamos a probar”.

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La primera impresión es muy neutra, huele bien, colores pastel, cositas tailandesas por las paredes (pero no en plan buda gigante dorado de restaurante chino familia feliz, una cosa más medida), todo okey. La carta me pareció curiosa, porque tiene como ocho páginas y solo tres son de comida, hay varias que hablan de proyectos solidarios y cosas así. Per lo que de verdad me voló la cabeza…es que es muy corta. En los sitios asiáticos parece que cobren por palabra o algo, porque las cartas suelen ser kilométricas, y en muchas ocasiones son solo vueltas y combinaciones de las mismas cuatro mierdas. Aquí tienen 5 entrantes, 6 platos principales y 3 o 4 pescados, y vas que chutas. Bueno, nos permitimos una botellita de Monólogo (vino de la casa, 9 pavetes, muy chachi) y vamos ojeando el tema. Todos los platos tienen nombre de cosas golpeando otras cosas, tipo pak pum ping, así que voy a resumirlo en castellano. Pedimos unos langostinos rebozados, un curry amarillo de pollo, unos rollitos, una ensalada de secreto ibérico y el pad thai.

Llegan los langostinos, pelados, abiertos por la mitad y rebozados, con el clásico chili dulce al lado. Hay 6 por ración, y el rebozado no resulta pesado ni aceitoso para nada, de hecho se nota que son langostinos de los que podrían hacer la 10K de Trinidad Alfonso. Por cierto, Trinidad, hija de puta, ¿hay que poner speakers y música bakala por toda Valencia un domingo a las 8:30 de la mañana para que la gente corra más a gusto? ¿Es precís?

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Segundo round, ensalada de secreto. Aquí pegamos un pequeño bajón, porque el plato consiste en secreto ibérico, con cebolla roja y menta, pero viene bañado en una salsa ácida que huele un poco a ojete. Es esa salsa que ponen en algunos asiáticos para mojar los fritos, y que por el tema de la acidez, desgrasa. Pero nano, huele fuerte, y sabe fuerte también, y a pesar de que la carne está buena, en general es como chupar un pie de speaker de maratón Trinidad Alfonso. Creo que el plato, con menos salsa, sería sorprendente, porque el rollo secreto con menta en el fondo tiene un point.

Los rollitos. No estamos hablando de los rollitos congelados que compras por palés en makro, o que saben como si estuvieran fritos en diesel porque el aceite de la freidora cambia menos que el presentador de Saber y ganar, hablamos de unos rollitos handmade manufacturated okeymente. Pasta filo, verdurita por dentro, salsa chili, fritura como la de los langostinos, sabor okey, no tengo pega que ponerle. De tamaño son como uno de primavera, pero más tubular bell.

Llega el pad thai y todo lo que es justo y bueno pasa a un segundo plano. Son fideos, salteados con langostinos y tofu, pero tienen una movida que no había probado nunca…cacahuetes picados. Al lado del plato hay un tremendo montón de cacahuetes atomizados, que al mezclarse con la pasta, generan un rollo blandito/crujiente en cada bocado que humedece mi perineo. Está realmente bueno, la textura es felicidad, el precio es correcto, y creo que ha tenido algo que ver en el proceso de paz en Cisjordania. Golden okey para estos fideos tan gansos.

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Luego llegó el curry amarillo. Básicamente eran trozos de patata, pollo y zanahoria, flotando en un caldito de leche de coco con curry levemente picante. Cuando los tropezones se acabaron, volcamos el arroz en la salsa y os juro que tenía un punto a arroz de cocido. El arroz hay que mezclarlo siempre con las salsas, eso es así.

Otro dato que os aporto es que los camareros son de lo más amable, en plan ex camarera de Casa di Sophia, o la chica del Patapuerca. El servicio fue muy rápido, y todo el rato nos recomendaban cosas. De hecho, y no lo contéis por ahí, nos invitaron al postre, que en este caso fue un refinado flan de coco (pone refinado en la carta, es cierto, me flipan los platos que se venden con adjetivos) y una especie de brownie/pastel de chocolate negro. Brutales ambos. Por sacar una pega, soy muy poco fan de los pegotes de nata de spray en los postres, me parece muy garrulo. El flan, es como un flan de huevo, pero con leche de coco, con lo que hay un flavour así al final muy agradable. Ni dulce ni empalagoso. La tarta, en cambio, para ser de chocolate negro no es amarga para nada, y muy melindrosa.

Al final, mira nano, 41,70 pavetes entre tres, a 14€. ¿Esto qué es? ¿Estamos locos? Cinco platos, dos postres, botella de vino, servicio amable (que la cocinera salió al final y todo a preguntar si nos había molado, y que allí teníamos nuestra casa y tal) y cocina auténticamente tailandesa…¿catorce pavos?

A tope de okey como una puta campana.

Goza de amplio aparcamiento.

¿Qué dices, nano?